La revolución es cotidiana como un cafecito y difícil como la adolescencia mas terrible. Implica dar sentido y coherencia a nuestras vidas a través de una práctica social fundamentada en el amor, el respeto y la solidaridad. Esas tres palabras, que siempre suenan muy bonitas, no suelen ser fáciles de llevar a cabo, pues crecimos en una sociedad que solapadamente siempre legitimó la competencia, el individualismo, las desigualdades y hasta la violencia. Crecimos interiorizando prácticas perversas de la lógica capitalista. Muchos las interiorizamos sin malicia, las aceptamos de forma natural sin percatarnos de que son producto de un mecanismo que atenta contra la vida.
Según la típica mentalidad capitalista, la competencia estimula la superación; la pobreza es inevitable y directamente proporcional a la flojera; el consumo es siempre gratificante y da sentido a la existencia; el egoísmo es inherente a la raza humana y por ende inmodificable; la lucha por el bien individual repercute en el bienestar colectivo; el amor es solo para quien lo merece; la paz sólo para quien se la gana a fuerza, incluso, de guerra. Todas esas premisas degeneran irremediablemente en una sociedad caótica. No porque sean premisas falsas, pues sin duda encierran una visión argumentable de la realidad, sino porque en el fondo esas premisas no están basadas en el genuino amor, en el respeto y en la solidaridad. Representan el camino mas fácil hacia la degeneración de las relaciones que mantenemos con nuestro propio ser, con nuestros semejantes y con el entorno. Bastaría hacer un breve esfuerzo mental para percatarnos, con abundantes demostraciones, de que las premisas mencionadas bajo las cuales hemos estado culturalmente regidos, se van deformando en la práctica cotidiana hasta dar lugar a conductas o actitudes que, con o sin intención, impiden el desarrollo de la vida humana plena. Así por ejemplo podemos llegar a vivir en una constante lucha por ganar frente a la pérdida de un contrincante; podemos llegar a aceptar la injusta distribución de las riquezas como un hecho justo e inexorable; podemos defender el discurso y los intereses de aquellos sectores que nos dominan o nos explotan; llegamos a desear objetos más que vivencias; ponemos los intereses particulares por encima de cualquier cosa, incluso de los intereses ecológicos del planeta; subordinamos las relaciones humanas a la necesidad de dinero; discriminamos, nos endurecemos, perdemos la capacidad de escuchar al otro, nos hacemos insensibles a las emociones ajenas.
La lógica capitalista también pone a la orden de la sociedad sentimientos como la “lástima” y la “compasión”. Hay una gran diferencia entre la solidaridad del socialismo y la compasión del capitalismo. La compasión, entendida como sentimiento de conmiseración frente a la pobreza, sitúa al que la siente en una posición ficticia de poder, pues acallando todo sentimiento de culpa y ejerciendo una supuesta posición de superioridad, el compasivo puede “ayudar” al que se encuentra más débil sin involucrarse con las causas de su debilidad. Por el contrario la solidaridad implica una relación comprometida y recíproca entre personas que buscan superar las causas de las circunstancias adversas que afectan el bienestar de todos; la solidaridad se basa en un sentimiento genuino de amor por el otro, al que se le conoce y se le respeta.
...Esta pequeña reflexión es apenas un llamado a mantener un constante esfuerzo por “desaprender” la herencia capitalista de nuestro vocabulario y de nuestro imaginario social, político y cultural. Existen adversarios del socialismo que basan sus críticas en miedos (si los miedos son fundados o infundados es tema de otra reflexión). Existen adversarios necesarios que nos otorgan equilibrio y nos hacen rectificar. También existen adversarios que al criticar sólo ponen en evidencia su ignorancia frente al tema y su lastimosa alienación. Pero creo que los adversarios mas dañinos son aquellos que llamándose a si mismos socialistas y estando llenos de supuesto ímpetu revolucionario, no hacen un esfuerzo cotidiano por cuestionar sus propias actitudes arraigadas en la nociva "visión del mundo" que han heredado. La revolución es, sobre todo, otorgarle un nuevo sentido ético a la existencia.
El texto de esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.